RECITAL TERESIANO

Recital de poemas cantados de Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y Ana de San Bartolomé sobre música popular española del siglo XVI

Estudio histórico

Este disco amplia la labor de investigación poético-musical e histórica llevada a cabo por la mezzosoprano, musicóloga y pianista Sonnia L. Rivas-Caballero, iniciada en los Cds Coloquio de Amor y Del Corazón Enamorado (Recitales de poemas cantados de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y la Beata Ana de San Bartolomé sobre música popular española del siglo XVI), editados por RTVE-Música, que obtuvieron gran éxito y numerosos galardones, entre ellos el Premio ¡Bravo! de Música 2004 y la nominación a los Premios Grammy.

Estas adaptaciones musicales son el fruto del esfuerzo y la ilusión de Sonnia L. Rivas-Caballero, quien durante varios años ha investigado en la música española y popular del siglo XVI en busca de las melodías que, métrica y estructuralmente, encajasen en los poemas de estas las grandes figuras de Carmelo Descalzo, ya que está documentado que realizaban lo que comúnmente se denomina transformaciones a lo divino. Es decir, como carecían del conocimiento musical necesario para componer sus propias melodías, recurrían a la música popular de la época a la que sustituían la letra original, normalmente profana, por sus propios versos para poderlos así cantar.

Teresa de Jesús y Juan de la Cruz eran maestros en este arte y lo inculcaron a las monjas y frailes contemporáneos que, a su vez, expandieron esta costumbre en las nuevas fundaciones hasta llegar a los cinco continentes. Esta grabación también incluye poemas de Ana de San Bartolomé, compañera inseparable de Santa Teresa, que fue gran puntal en el inicio de la obra teresiana y, al ejemplo de su Fundadora, realizó y difundió en los sucesivos Carmelos a los que dio vida en Francia y Flandes, la tradición de transformar a lo divino para poder cantar los poemas que componía.

La mayoría de las piezas musicales a las que se han adaptado los poemas son de grandes compositores españoles del siglo XVI como Juan del Enzina, Diego Ortiz o Anónimos del Cancionero de Palacio, aunque, en algunos casos, también se han encajado en canciones sefardíes dada la documentada procedencia judía de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Para mantener el rigor histórico el instrumento acompañante de la voz es la vihuela, muy al uso en el siglo XVI. Además, en algunos poemas de esta grabación se incluye percusión (tambor, pandereta, campanitas...) en recuerdo de los instrumentos de este tipo usados por Santa Teresa que se conservan, como testigos perennes de su afición musical, en algunos de los Carmelos fundados por ella.

Tambor y pandereta que tocó Santa Teresa en la inauguración del Carmelo de San José, 24 -8-1562.

Tambor y pandereta que tocó Santa Teresa en la inauguración del Carmelo de San José de Ávila, 24 -8-1562.

A la vuelta de quinientos años, ha llegado hasta nosotros parte del legado poético de los estos grandes místicos, no todo, ni siquiera la mayoría, ya que se consideraban piezas menores y tuvo que pasar mucho tiempo hasta que su valor fue reconocido. Pero de lo que no ha quedado ninguna reminiscencia es de qué pieza musical concreta partían para llevar a cabo sus transformaciones a lo divino. De ahí que el trabajo de investigación hasta encontrar las canciones populares que se adaptasen a sus versos, aunque lógicamente acotado a los Cancioneros populares españoles contemporáneos a ellos, aunque fuese arduo. Múltiples canciones populares fueron estudiadas por Sonnia L. Rivas-Caballero hasta encajar cada poema.

El primer poema adaptado fue el de Santa Teresa Coloquio de Amor, ese íntimo diálogo entre el alma y Dios, sobre la canción profana del compositor Juan del Enzina Si habrá en este baldrés; de ahí que fuese elegido para titular el primer disco. Lógicamente, dada la acotación histórico-musical de este proyecto, toda la música seleccionada pertenece a compositores españoles del siglo XVI: Juan del Encina, Luis de Narváez, Diego Pisador, Luis Milán, Antonio Ribera, Juan de Espinosa y anónimos del Cancionero de Palacio. El resultado de esta investigación han sido unas esmeradas adaptaciones musicales en las que los poemas de nuestros grandes místicos cobran vida acunados en la música popular de nuestros compositores renacentistas.

Esta vuelta a las raíces para cantar la producción poética de nuestros insignes carmelitas - sobre todo ceñida a poesía lírica - retoma la valiosísima simbiosis música-poesía que antaño existió y que, como advirtió en 1977 el gran poeta Gerardo Diego, se ha ido rompiendo con el paso del tiempo, en detrimento de la captación de la hondura poética:

Partamos de la verdad incuestionable de que la poesía ha nacido con pleno derecho a la vida acústica y sonora. En rigor, la poesía lírica, lo mismo que la   épica, fue en su origen, no ya recitada o declamada, sino cantada. Sólo más tarde experimenta esa amputación que supone el verse despojada de la música. Para los letrados y aficionados de los primeros siglos de la poesía culta en cada     cultura idiomática, la audición de poesía no cantada, simplemente recitada, suponía el mismo oscurecimiento, recato e intimidad descolorida que para nosotros su comunicación silenciosa desde el libro, rezada en voz baja o acaso totalmente áfona y confiada sólo a los ojos y al ritmo engañoso de la tipografía.

Gerardo Diego. ABC, 26 de junio de 1977.

El recital se estrenó oficialmente en Ávila, en la Iglesia de la Santa - edificada sobre el solar de la casa natal de Santa Teresa- en octubre del 2001, con ocasión de las fiestas de Santa Teresa. Desde entonces se ha ofrecido en numerosos lugares de España y el extranjero, entre los que cabe destacar los ofrecidos para conmemorar la canonización de la Madre Maravillas de Jesús (Catedral de Nuestra Señora la Real de la Almudena, Madrid 26 de mayo del 2003), o el que tuvo lugar en la Embajada de España ante la Santa Sede, el 18 de octubre del 2003, con ocasión de la Beatificación de la Madre Teresa de Calcuta, quien, al profesar en la Congregación de Loreto, tomó su nombre con la grafía de la gran Santa de Ávila pero buscando la espiritualidad de la pequeña Santa de Lisieux, que acababa de ser canonizada y nombrada Patrona de las Misiones, y es especialmente venerada en la Congregación de las Misioneras de la Caridad.

Sonnia L.Rivas-Caballero en la Embajada de España ante la Santa Sede

Sonnia L.Rivas-Caballero en la Embajada de España ante la Santa Sede

En junio de 2004 Sonnia L. Rivas-Caballero entregó una edición de lujo del primer CD Coloquio de Amor a SS Juan Pablo II en un encuentro en el Vaticano. Y, en septiembre de ese año, con motivo de las celebraciones del IV centenario de la llegada del Carmelo Teresiano a Francia, ofreció el recital en la Basílica de Liseux ante la urna de Santa Teresita. FOTOS 29 y 30 Actuación Basílica de Lisieux,

En 2008 RTVE-Música editó el segundo disco, Del Corazón Enamorado, también dedicado a legado poético teresiano.

A lo largo de los años han sido muchos los teatros, embajadas y salas de conciertos que han recibido el fruto de este trabajo poético-musical en los que los versos de los grandes místicos españoles se desgranan imbricados en la música de su tiempo.

Sonnia L. Rivas-Caballero y Belén Yuste entregando su disco Coloquio de Amor al Papa

Sonnia L. Rivas-Caballero y Belén Yuste entregando su disco Coloquio de Amor al Papa Juan Pablo II

Santa Teresa de Jesús (1515-1582)

Teresa de Jesús fue la mujer que, en pleno siglo XVI, conmocionó al mundo religioso dando vida a un movimiento acuñado con su propio nombre: Reforma teresiana, cuyo fin era paliar la mitigación en que mayoritariamente vivían los frailes y las monjas de su tiempo y devolver a la vida conventual la austeridad y la pobreza primitivas. Así el 24 de agosto de 1562, tras veintisiete años de vida como carmelita calzada, fundó el convento de San José de Ávila, cuna del Carmelo Descalzo.

Teresa de Jesús, escuela de Velázquez.

Teresa de Jesús, escuela de Velázquez.

Está documentado que escribió sus grandes obras, Autobiografía, Camino de Perfección, Fundaciones, Las Moradas o Castillo Interior, por obediencia al mandato de sus confesores que, impresionados por la altura de su vuelo espiritual y la magnitud de su obra, quisieron que dejase constancia escrita de sus experiencias en el arduo camino de la oración y de las muchas vicisitudes y contrariedades que tuvo que vencer para dar vida a sus fundaciones. Sin embargo, componía poemas de forma espontánea, normalmente para ser cantados en las recreaciones conventuales o en las fiestas de los santos de especial devoción en el Carmelo, así como para celebrar la profesión y toma de hábito de sus hijas o bien para amenizar las largas jornadas fundacionales en las que atravesaba Castilla de punta a punta en incómodos carromatos. A veces también componía en momentos de gran tribulación o tras experimentar profundos  recogimientos, como fue el caso de su famoso Vivo sin vivir en mí. De ello ha quedado amplia constancia en los numerosos testimonios que recogen sus Procesos de Beatificación y Canonización, en los que declararon muchas personas que la conocieron bien. Fue entre esas páginas, al hilo de los valiosos testimonios de primera mano que encierran y, concretamente, en los párrafos que hacen clara referencia a la faceta poético-musical de Santa Teresa, donde Sonnia L. Rivas-Caballero encontró la clave para desarrollar este trabajo poético-musical.

Entre estos testimonios destacan los de algunas insignes carmelitas como la venerable Ana de Jesús, que reveló que la Santa no tenía buena voz, o su sobrina María Bautista, que sería priora del Carmelo de Valladolid:

 Particularmente en la noche de Navidad cantando en los Maitines el Evangelio   de San Juan fue cosa celestial de la manera que sonó, no teniendo ella     naturalmente buena voz. En estas fiestas hacía muchos regocijos y componía     algunas letras en cantarcillos a propósito de ellos y nos los hacía hacer y solemnizar con alegría.

Declaración de Ana de Jesús. Procesos editados por P. Silverio de Santa Teresa O.C.D. Ed. Monte Carmelo, Burgos, 1935. Biblioteca Mística Carmelitana,  t. 18, p. 474.

Fue tanto el consuelo de la dicha Madre, que en acabando de dar gracias llevó    en procesión el dicho convento a un Niño Jesús de él muy devoto, cantándole      alabanzas y componiéndole coplas, que también tenía en eso particular gracia.

Declaración de María Bautista, 12 de octubre de 1595. Biblioteca Mística Carmelitana, t. 19, p. 48.

Esta inspiración poética Santa Teresa la ponía especialmente de manifiesto en los largos y ajetreados viajes fundacionales en los que romanceaba sobre los variopintos sucesos que les acontecían para, con las coplas, alejar de la comitiva el malhumor y combatir el cansancio.

Monja andariega, Monasterio de la Encarnación, Ávila

Monja andariega, Monasterio de la Encarnación, Ávila

Julián de Ávila, su fiel capellán y compañero de muchos viajes, relató cómo la Santa alentaba con sus coplas a cuantos la acompañaron en el complicado viaje a Andalucía para fundar el Carmelo de Sevilla:

Todo esto llevaba la santa Madre con tanto desenfado y tan sin pena, que a todos nos la quitaba, aunque la tuviéramos muy grande [...] De esto nos era la Santa Madre grandísimo ejemplo en lo que se le ofrecía. Y era la santa Madre tan agradable y de tanta caridad, que como nos vio a todos con necesidad de alguna recreación que nos alentase, compuso unas coplas muy graciosas al tiempo que habíamos de pasar el Guadalquivir en una barca, porque en esto de componer a lo divino tenía también notable gracia; y así nos íbamos entreteniendo y olvidando, en parte, el trabajo del camino con las coplas.

Declaración de Julián de Ávila, 24 de abril de1596. Biblioteca Mística Carmelitana t. 18, p. 203.

Este término: componer a lo divino, fue la piedra angular en torno a la cual giró todo el trabajo de investigación musical recogido en este disco.

Coplas y poemas teresianos

Desde sus años de juventud Santa Teresa sabía de memoria  poemas pastoriles y literarios y, partiendo de esa base, los recitaba a sus monjas vueltos a lo divino. Pero desconociendo el difícil arte de la composición musical, escribía poemas para ser cantados sobre música popular de su época, tanto en momentos de especial alegría para expansionarse con sus monjas, como en momentos de especial recogimiento y soledad. A ello alude, aunque en tercera persona, en un párrafo del Libro de su Vida:

Yo sé persona que, con no ser poeta, que le acaecía hacer de presto coplas muy sentidas declarando su pena bien, no hechas de su entendimiento; sino que, para más gozar la gloria que tan sabrosa pena le daba, se quejaba a su Dios. Todo su cuerpo y alma querría se despedazase para mostrar el gozo que con esta pena siente.

Vida 16, 4.

La producción poética de la Santa debió de ser muy prolija, sin embargo, en un primer momento no se valoraron justamente estas piezas menores y muchas se han perdido. Realmente apenas se tienen datos sobre los poemas teresianos, cuándo y por qué los compuso y qué fue de ellos; la mayoría proceden de copias fidedignas de otras carmelitas y son muy escasos los autógrafos. Sin embargo la tradición del Carmelo Descalzo ha aportado algunos datos sobre la génesis de uno de sus poemas más conocidos Vivo sin vivir en mí, que se ha vinculado siempre a un éxtasis que tuvo la Semana Santa de 1571, en el Carmelo de Salamanca.

Santa Teresa, en sus escritos, dedicó varias páginas a intentar desvelar para sus hijas la idiosincrasia de esos sucesos extraordinarios, de este elevamiento del espíritu que suponían sus éxtasis y que de forma tan intensa la acaeció en aquella ocasión en Salamanca. Concretamente en el Libro de su Vida escribió:

Tengo para mí que un alma que allega a este estado, que ya ella no habla ni hace cosa por sí sino que de todo lo que ha de hacer tiene cuidado este soberano Rey. ¡Oh, válgame Dios, qué claro se ve aquí la declaración del verso y cómo se entiende tenía razón y la tendrán todos de pedir alas de paloma! (Sal 54,7). Entiéndese claro es vuelo el que da el espíritu para levantarse de todo lo criado y de sí mismo el primero, mas es vuelo suave, es vuelo deleitoso, vuelo sin ruido (20, 24).

Santa Teresa también alude a cómo esa libertad que alcanza el espíritu, que libera el alma, provoca la concepción de esta vida como una cárcel, como un destierro, y la muerte como una feliz liberación, algo que ella simbolizó magistralmente en algunos poemas:

¡Qué señorío tiene un alma que el Señor llega aquí, que lo mire todo sin estar enredada en ello! ¡Que corrida está del tiempo que lo estuvo! ¡Que espantada de su ceguedad! ¡Qué lastimada de los que están en ella, en especial si es gente de oración y a quien Dios ya regala, querría dar voces para dar a entender qué engañados están [...] ni puede sufrir no desengañar a los que quiere bien y desea ver sueltos de esta cárcel de esta vida, que no es menos, ni le parece    menos, en lo que ella ha estado. Fatígase del tiempo en que miró puntos de honra y en el engaño que traía de creer que era honra lo que el mundo llama honra. Ve que es grandísima mentira y que todos andamos en ella. Entiende que la verdadera honra no es mentirosa, sino verdadera, teniendo en algo lo que es algo; y lo que no es nada, tenerlo en nonada, pues todo es nada y menos que nada lo que se acaba y no contenta a Dios.

Ríese de sí, del tiempo que tenía en algo los dineros y codicia de ellos [...] si con ellos se pudiera comprar el bien que ahora veo en mí, tuviéralos en mucho; mas ve que este bien se gana con dejarlo todo ¿Qué es esto que se compra con estos dineros que deseamos?; ¿es cosa de precio?; ¿es cosa durable?, ¿o para qué los queremos? Negro descanso se procura, que tan caro cuesta [...] ¡Oh, si todos diesen en tenerlos por tierra sin provecho, qué concertado andaría el mundo, qué sin tráfagos! ¡Con qué amistad se tratarían todos si faltase interés de honra y de dineros! Tengo para mí se remediaría todo (20, 25-28).

Y, tras esta exposición de las contradicciones que habitualmente dominan la vida, encarcelando el espíritu, ilustra su explicación con una genial comparación de la propia percepción del alma antes y después de experimentar un éxtasis o arrobamiento:

 Ve los deleites de tan gran ceguedad, y cómo con ellos compra trabajo, aun para esta vida, y desasosiego. ¡Qué inquietud! ¡Qué poco contento! ¡Qué trabajar en vano!.

Aquí no sólo las telarañas ve de su alma y las faltas grandes, sino un polvito que haya, por pequeño que sea, porque el sol está muy claro. Y, así, por mucho que trabaje un alma en perfeccionarse, si de veras la coge este Sol, toda se ve muy turbia. Es como el agua que está en un vaso, que si no la da el sol está muy claro; si da en él, vese que está todo lleno de motas.

Al pie de la letra es esta comparación. Antes de estar el alma en este éxtasis, parécele que trae cuidado de no ofender a Dios y que conforme a sus fuerzas hace lo que puede; mas, llegada aquí, que le da este sol de justicia, que la hace    abrir los ojos, ve tantas motas, que los querría tornar a cerrar; porque aún no es tan hija de esta águila tan caudalosa, que pueda mirar este Sol de hito en hito; mas, por poco que los tenga abiertos, vese toda turbia. Acuérdase del verso que dice: ¿Quién será justo delante de ti? (Sal 142,2).

Cuando mira este divino Sol, deslúmbrale la claridad; como se mira a sí, el barro la tapa los ojos, ciega está la palomita. Así acaece muchas veces quedarse así ciega del todo, absorta, espantada, desvanecida de tantas grandezas como ve. Aquí se gana la verdadera humildad, para no se le dar nada decir bienes de sí, ni que lo digan otros. Reparte el Señor del huerto la fruta y no ella; y así, no se le pega nada a las manos; todo el bien que viene va guiado a Dios. Si algo dice de sí, es para su gloria; sabe que no tiene nada él allí y, aunque quiera no puede ignorarlo; porque lo ve por vista de ojos, que (mal que le pese) se los hace cerrar a las cosas del mundo y que los tenga abiertos para entender verdades (20, 25-29).

Textos en prosa que reflejan maravillosamente el sentimiento del alma cual paloma encarcelada. Un hondo sentimiento que Santa Teresa vierte en cada verso de sus famosos poemas Vivo sin vivir en mí y Ayes del destierro.

Cantos en las recreaciones conventuales

A los cantos en las recreaciones alude la propia Santa en una carta de 1576 dirigida al padre Gracián, primer provincial del Carmelo Descalzo y timón de su obra. En ella cuenta cómo la joven hermana del padre Gracián,  Isabel, festeja con bailes y cantos su llegada a la recreación:

Mi Isabel está cada día mejor. En entrando yo en la recreación, como no es muchas veces, deja su labor y comienza a cantar:

La madre fundadora
viene a la recreación
bailemos y cantemos
y hagamos el son”.

Carta al padre Jerónimo Gracián. Toledo, finales de 1576, 1 (carta 165).

Sin duda, Santa Teresa aunaba su gran pragmatismo con una predisposición poética, connatural a ella, que canalizaba maravillosamente en la intimidad de la vida conventual. En otra curiosa carta que Santa Teresa escribió, el 2 de enero de 1577, en el Carmelo de Toledo a su hermano Lorenzo -que había partido a la Conquista de América y era gobernador en Quito-, alude a los villancicos que componen las carmelitas para festejar las Navidades y le envía alguno para que lo cante su sobrino Francisco:

Gran fiesta tuvimos ayer con el Nombre de Jesús; Dios se lo pague a vuestra merced. No sé qué le envíe por tantas como me hace, si no es esos villancicos que hice yo, que me mandó el confesor las regocijase y he estado estas noches con ellas y no supe cómo sino así.Tienen graciosa tonada, si la atinare Francisquito para cantar.

Carta a Lorenzo de Cepeda. Toledo, 2 de enero de 1577, 23 (Carta 166).

Al final de la carta aclara a su hermano que también le envía cantos hechos por otra carmelita. Y, sobre todo, le cuenta que en el Carmelo de Toledo, como en el de San José de Ávila, las monjas hacen sus propias coplas para descanso y regocijo en las recreaciones:

Esas coplas que no van de mi letra no son mías, sino que me parecieron bien para Francisco, que como hacen las de San José de las suyas, esotras hizo una hermana. Hay gran cosa de eso estas Pascuas en las recreaciones.

Idem, 35.

Después de la firma y a modo de postdata, añade unas líneas echando en falta que su hermano le enviase un villancico, ya que, como dice ella, sus monjas todo lo cantan. Estas líneas finales encierran lo más valioso de la carta, algo único: la transcripción de un poema suyo Hermosura que excedéis que la Santa intenta memorizar en esta carta para su hermano:

Pensé que nos enviara vuestra merced el villancico suyo, porque éstos ni tienen    pies ni cabeza, y todo lo cantan. Ahora se me acuerda uno que hice una vez estando con harta oración, y parecía descansaba más. Eran (ya no sé si eran así), y porque vea que desde acá le quiero dar recreación.

Idem, 36

Y a continuación escribe el poema Hermosura que excedéis.

A lo largo de su azarosa vida al frente del Carmelo Descalzo, Teresa de Jesús alternó con gran tesón el cumplimiento de su vocación religiosa y sus muchos compromisos fundacionales, con el desarrollo de su vertiente literaria magistralmente plasmada en sus grandes obras en prosa y sus inmortales versos.

Pero, a diferencia de su prosa, apenas se han conservado manuscritos de sus poemas, tal vez porque eran considerados por sus coetáneos como un simple entretenimiento comparados con sus grandes obras. La mayoría de sus poesias han llegado a nuestros días por copias fidedignas realizadas por las monjas y conservadas en legajos con el título “Poemas de la Santa Madre”, algunos están en Carmelos y otros en la Biblioteca Nacional. Hace tan sólo unos años que el gran teresianista, Tomás Álvarez, OCD, descubrió, en las Carmelitas Descalzas de Florencia, una cuartilla con estrofas de dos poemas autógrafos de la Santa: ¡Ah, pastores, que veláis! y Hoy nos viene a redimir. Posteriormente hallaría en el Carmelo de Savona, en un mismo papel, en el anverso los doce primeros versos de Pues que la estrella, y, en el reverso, los diez últimos de Hoy nos viene a redimir, que, junto con las estrofas encontradas en Florencia, conforma el único manuscrito de un poema teresiano completo. En otro papel halló también tres versos de ¡Oh!, dichosa tal zagala y otros tres de Todos los que militáis. Los dos manuscritos estaban enmarcados en relicarios de plata.

Sobre con lacre. Sello de Santa Teresa para lacrar cartas, MM, Carmelitas de Toledo

Sello de Santa Teresa para lacrar cartas, MM, Carmelitas de Toledo

Teresa de Jesús murió en su Carmelo de Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582 a los sesenta y siete años, dejando un inmenso legado. Una herencia material, visible en las diecisiete fundaciones a los que dio vida en sus veinte años de fundadora, y otra espiritual, doblemente reflejada en sus seguidores, monjas y frailes carmelitas descalzos que poblaban sus Carmelos, y en su prolífica obra literaria, cumbre del magisterio espiritual que ha atravesado los siglos con perenne actualidad.

Fue ensalzada muy pronto al honor de los altares, ya que fue beatificada el 24 de abril de 1614 por Paulo V y canonizada, el 12 de marzo de 1622 por Gregorio XV, tan sólo cuarenta años después de su muerte. Sus restos se veneran en el altar mayor de la Iglesia de las MM. Carmelitas de Alba de Tormes (Salamanca).

Carmelo de Alba de Tormes

Carmelo de Alba de Tormes

 

Sepulcro de Santa Teresa

Sepulcro de Santa Teresa.

En 1965 Pablo VI, en reconocimiento a su legado literario, la proclamó Patrona de los escritores españoles y, en 1970, por el alto valor de su magisterio espiritual, Doctora de la Iglesia Universal, siendo la primera mujer que alcanzó tan alta distinción eclesiástica.

En los primitivos conventos fundados por Santa Teresa se han conservado, de generación en generación, instrumentos musicales usados por ella y por sus primeras seguidoras que dan cumplida cuenta de esta realidad musical en la vida del Carmelo Teresiano. En sus museos pueden verse tambores, castañuelas, panderetas etc.

Tambor de Santa Teresa, Museo MM Carmelitas de Sevilla.

Tambor y castañuelas usados por Santa Teresa, Carmelo de Palencia.

San Juan de la Cruz (1542-1591)

Nació en Fontiveros (Ávila). En 1563 tomó el hábito carmelita en el Carmelo de Santa Ana, en Medina del Campo, con el nombre de Fray Juan de Santo Matía. Pronto fue enviado a la Universidad de Salamanca donde completó su formación académica. En 1567 acudió a Medina del Campo para cantar su primera misa y, ese año, conoció a Santa Teresa que acababa de fundar en la villa su segundo Carmelo Descalzo. Ella tenía cincuenta y dos años y él veinticinco. Por aquel entonces el joven carmelita quería vivir con mayor rigor su vocación religiosa y pensaba abandonar la Orden del Carmen para buscar mayor recogimiento entre los cartujos, entrando en la Cartuja de El Paular.

El encuentro entre los dos santos fue crucial en sus vidas y en el devenir del Carmelo Descalzo. Pues él encontró en el molde teresiano la austeridad y el rigor que buscaba sin tener que abandonar el hábito de la Virgen del Carmen; y ella encontró en el joven fraile con quien comenzar la Descalcez en la rama masculina de la Orden para la que el General de Carmelo le había dado patentes pero le faltaban frailes. Santa Teresa consignó este memorable encuentro en su Libro de las Fundaciones:

Poco después acertó a venir allí un padre de poca edad, que estaba estudiando en Salamanca, y él fue con otro compañero, el cual me dijo grandes cosas de la vida que este padre hacía. Llámase fray Juan de la Cruz. Yo alabé a Nuestro Señor, y hablándole, contentóme mucho, y supe de él como se quería también ir a los cartujos. Yo le dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio y el gran bien que sería, si había de mejorarse, ser en su misma Orden y cuánto más serviría al Señor. Él me dio la palabra de hacerlo, con que no se tardase mucho.

Fundaciones 3, 17.

Aquel día, al hilo de aquella conversación, dos vidas quedaron enlazadas para siempre. Fray Juan de Santo Matía tomó un camino que le conduciría a escalar las más altas cimas de la espiritualidad y Teresa de Jesús se cruzó con quien sería la piedra angular de su Reforma y con quien iniciaría, un año después, la Descalcez de la rama masculina de la Orden del Carmen.

En 1568 Fray Juan regresó a Medina del Campo y se puso a disposición de Teresa de Jesús para seguir sus pasos. Ella, a punto de partir para su nueva fundación de Valladolid, le propuso acompañarla para que allí, mientras las obras del convento impedían una clausura rigurosa, ayudase en las muchas tareas fundacionales, observase la vida de las carmelitas y aprendiese, de su propia mano, los parámetros de la Descalcez que había instaurado entre las monjas. Así lo narra Santa Teresa en su Libro de las Fundaciones:

Yo me fui con fray Juan de la Cruz a la fundación que queda escrita de Valladolid. Y como estuvimos algunos días con oficiales para recoger la casa, sin clausura, había lugar para informar al padre fray Juan de la Cruz de toda   nuestra manera de proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas; que todo es con tanta moderación, que sólo sirve para de entender allí las faltas de las hermanas y tomar un poco de alivio para llevar el rigor de la Regla. Él era tan bueno, que, al menos yo, podía mucho más deprender de él que él de mí.

Fundaciones 13, 5

Durante ese tiempo compartido en Valladolid fue cuando la Santa y sus hijas cortaron y cosieron el primer hábito de fraile carmelita descalzo para entregárselo, felices e ilusionadas, al joven fray Juan que partió con él camino de Duruelo. Allí, en un humilde lugar cual portal de Belén, el 28 de noviembre de 1568, Fray Juan de Santo Matía fundó el primer Carmelo de frailes descalzos y trocó definitivamente su nombre por Juan de la Cruz, con el que pasaría a la Historia.

Santa Teresa y San Juan de la Cruz en Duruelo.

Santa Teresa y San Juan de la Cruz en Duruelo.

Santa Teresa potenció siempre el trato de las carmelitas con él, a quien por su gran sabiduría llamaba cariñosamente mi senequita. Las cartas teresianas guardan sentidas apreciaciones hacia su cofundador, como ésta en la que recomienda encarecidamente a sus monjas del Carmelo de Beas que se relacionen con Fray Juan de la Cruz:

Certifícolas que estimara yo tener por acá a mi padre fray Juan de la Cruz, que   de veras lo es de mi alma, y uno de los que más provecho le hacía el comunicarle. Háganlo ellas, mis hijas, con toda llaneza, que aseguro la pueden tener como conmigo misma, y que les será de grande satisfacción, que es muy espiritual y de grande experiencias y letras. Por acá le echan mucho de menos las que estaban hechas a su doctrina. Den gracias a Dios que ha ordenado le tengan ahí tan cerca. Ya le escribo les acuda, y sé de su gran caridad que lo hará en cualquier necesidad que se ofrezca.

Carta a las madres carmelitas de Beas. Ávila, finales de octubre de 1578 (Carta 265).

Teresa de Jesús se adelantó a los tiempos distinguiendo y denominando a Fray Juan de la Cruz como un verdadero santo, tal y como expresa en una carta dirigida a la venerable Ana de Jesús:

En gracia me ha caído, hija, cuán sin razón se queja, pues tiene allá a mi padre fray Juan de la Cruz, que es un hombre celestial y divino. Pues yo le digo a mi   hija que, después que se fue allá, no he hallado en toda Castilla otro como él, ni que tanto fervore en el camino del cielo. No creerá la soledad que me causa su falta.
Miren que es un gran tesoro el que tienen allá en ese santo, y todas las de esa casa le traten y comuniquen con él sus almas y verán qué aprovechadas están, y se hallarán muy adelante en todo lo que es espíritu y perfección; porque le ha dado nuestro Señor para esto particular gracia.

Carta a la madre Ana de Jesús, Lobera. Beas. Ávila, mediados de noviembre de 1578 (Carta 268).

Cántico Espiritual

Esta obra, iniciada en la prisión toledana donde San Juan de la Cruz escribió las treinta y una primeras estrofas, fue completada durante su larga estancia en Andalucía. Allí escribió una segunda redacción a la que añadió, a petición de la venerable Ana de Jesús, los valiosos comentarios en prosa.

La primera redacción se denomina manuscrito A o de Sanlúcar porque el códice se conserva en Sanlúcar de Barrameda, mientras que la segunda redacción, modificada y ampliada, se denomina manuscrito B o de Jaén porque el códice lo custodian en esta ciudad.

Sólo en la segunda redacción se encuentran Las cinco últimas canciones que se datan alrededor de 1583 y en Granada, atendiendo a la declaración de la carmelita descalza que motivó su composición:

Preguntándole un día a esta testigo en qué traía la oración, le dijo que en mirar la hermosura de Dios y holgarse en que la tuviese; y el Santo se alegró tanto de esto, que por algunos días decía cosas muy levantadas, que admiraban, de la hermosura de Dios; y así, llevado de este amor, hizo unas cinco canciones a este tiempo sobre esto, que comienzan: “Gocémonos Amado” y “Vámonos a ver en tu hermosura”, y en todo mostraba haber en su pecho grande amor de Dios, cuyas palabras hasta sus papeles y sentencias encendían y fervoraban las almas de los oyentes en divino amor. Y esto lo experimentó esta testigo en sí misma, que cuando se ha visto y ve tibia, leyendo algunos papeles suyos, se hallado y   halla diferente, echando de ver que lo que siempre aconsejaba a todos de que anduviesen vestidos de Dios, lo decía con el gran amor que con él tenía.

Item, p. 170.

Quizás también escribiese entonces la estrofa Descubre tu presencia y máteme tu vista y hermosura que sólo aparece en la segunda redacción.

Está documentado que Santa Teresa animaba a sus hijas a que tuviesen en los conventos los poemas de San Juan de la Cruz y, sobre todo, a que cantasen con fervor esos subidos versos que mostraban, cual espejo, la majestad del amor divino. Ella misma llevó esta obra, como savia espiritual, al Carmelo de Medina del Campo, como consta en los manuscritos de la Biblioteca Nacional:

Pidió a las religiosas que se holgara se entretuviesen con ellas y las cantasen, y    así se hizo, y desde entonces se han cantado y cantan.

A. Barrientos y J. Vicente Rodríguez, Lira Mística, Madrid, Ed. Espiritualidad, 1993, p. 95.

El fraile carmelita Jerónimo de San José, en su biografía del Santo, refiere que muy pronto se hicieron copias de estos poemas y que eran cantados en muchos Carmelos. Lo atestigua contando que Catalina de Jesús, fundadora del Carmelo de Beas, en su agonía pidió que le cantasen el Cántico y balbuciendo estos versos entregó su alma al Señor:

Solía consolarse mucho, cantando las canciones espirituales de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz; porque en ellas le descubría el Señor los regalados y misteriosos secretos que encerraban. En esta ocasión (ya desahuciada de los médicos) pidió que le cantasen la regalada que hizo en la cárcel de Toledo ¿Adonde te escondiste Amado y me dejaste con gemido?

En principio estos cantos eran denominados por el autor y por sus contemporáneos Las canciones o Canciones entre el Alma y el Esposo, hasta que Jerónimo de San José, en 1630, en su edición de las Obras de San Juan de la Cruz denominó a esta obra Cántico Espiritual, título con el que desde entonces es internacionalmente conocida.

Icóno del Cántico Espiritual hecho en el Carmelo de la Théotokos, Harissa (Líbano).

Icóno del Cántico Espiritual hecho en el Carmelo de la Théotokos, Harissa (Líbano).

Otros poemas y el adiós de dos santos

Otra parte importante de sus poemas, entre los que destaca ¡Oh llama de amor viva!, los compuso San Juan de la Cruz durante su largo periplo por tierras andaluzas, desde noviembre de 1578 hasta 1588. En noviembre de 1581 acudió a Ávila para pedir a Santa Teresa que le acompañase a realizar una fundación de carmelitas descalzas en Granada. Pero ella rehusó porque se había comprometido con el padre Gracián para fundar el Carmelo de Burgos. Esa negativa fue su despedida en este mundo. Santa Teresa, en compañía de la Beata Ana de San Bartolomé, el 2 de enero de 1582 encaminó sus pasos hacía el norte para fundar su último Carmelo y no volvió a ver ni a su senequita ni a su adorada primera fundación: el convento de San José de Ávila, ya que murió en su convento de Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582. San Juan de la Cruz tomó camino hacia el sur y, en Beas del Segura, recogió a la venerable Ana de Jesús quien sustituyó a la Santa en la fundación del Carmelo de Granada, que tuvo lugar el 20 de enero de 1582.

Durante los años granadinos se estrecharon los lazos espirituales entre ellos y San Juan de la Cruz dedicó a Ana de Jesús las dos redacciones del Cántico Espiritual. Desde Granada hizo Fray Juan frecuentes viajes a Castilla y por aquellos caminos, como San Francisco, desgranaría entusiasmado sus coplas en continuos cantos de alabanza al Señor.

Estatua de San Juan de la Cruz (Caravaca de la Cruz)

Estatua de San Juan de la Cruz (Caravaca de la Cruz)

En agosto de 1586 acudió en Madrid para participar en el Definitorio donde se decretó la publicación de los libros de Teresa de Jesús, a los cuatro años de su muerte. Y el 17 de septiembre llevó a cabo, con Ana de Jesús, la fundación con la que tanto soñó Santa Teresa en la capital del reino: el Carmelo de Santa Ana, en Madrid.

San Juan de la Cruz, como Santa Teresa, también componía cantarcillos navideños para alentar la devoción de los fieles y enfervorizar a los frailes de sus conventos. De su gusto por alegrar la Navidad de modo sencillo y entrañable hay amplios testimonios:

Celebraba aquellos días sólo con algún modo sencillo y devoto de representar sus misterios, tal como el que usó una noche en Navidad. Hizo que dos religiosos, acomodando el disfraz con el ropaje de sus hábitos, representasen las personas de nuestra Señora y de san José, y al derredor de un claustro donde estaban otros como en diferentes mesones, los pidiesen posada, despidiéndoles estos, sin querérsela dar. Con las respuestas y preguntas de unos      y otros, que eran dictadas del fervor y devoción que en cada uno hervía, se enfervorizaban todos con increíble gozo. Pero especialmente el siervo de Dios se enterneció, y encendió de manera, que prorrumpiendo en afectuosos   sentimientos, decía mil regalos y lindezas a la Virgen y a su Esposo y levantaba pensamientos y consideraciones del cielo sobre su pobreza y desamparo [...] Al otro día representando al Niño ya nacido, se regalaba con esta dulcísima memoria: de manera, que saliendo de su natural modestia, mostraba con júbilos exteriores la interior ternura y fervor de su espíritu. Estando una vez con los religiosos en un acto de recreación de esta festividad [...] le salteó un tan impetuoso júbilo, que no pudiendo reprimirle, se levantó de donde estaba sentado, y se fue hacia una mesa donde en estos días se acostumbra tener un Niño Jesús a quien dirigir todas las alegrías de aquel tiempo, y tomándole en brazos, comenzó a bailar con un fervor tan grande, que parecía haber salido de sí, que para la modestia y sosiego del varón santo era cosa muy extraña. En medio de estos júbilos prorrumpió cantando esta coplita: Mi dulce y tierno Jesús / si amores me han de matar / ahora tienen lugar

Jerónimo de San José, Historia del venerable padre fray Juan de la Cruz, Junta de Castilla y León, 1993, pp. 453-454.

Niño Jesús al que cantó San Juan de la Cruz (PP. Carmelitas, Úbeda)

Niño Jesús al que cantó San Juan de la Cruz (PP. Carmelitas, Úbeda)

También Fray Alonso de la Madre de Dios, que fue postulador de su Causa y biógrafo, hace referencia a la celebración de la Navidad. Él data en Granada una de las entrañables procesiones que le encantaba realizar a San Juan de la Cruz en espera de la Nochebuena y que, sin duda, repetiría en otros lugares:

Y llegados a la primera puerta pidiendo posada cantaron esta letra el Santo compuso: “Del Verbo divino / la Virgen preñada / viene de camino / si le dais posada”. Y su glosa se fue cantando a las demás puertas.

Fray Alonso de la Madre de Dios, Vida, virtudes y milagros del santo padre fray Juan de la Cruz. Madrid, Ed. Espiritualidad, 1989, p. 402.

En 1588 San Juan de la Cruz se trasladó a Segovia, donde trabajó en la construcción del actual convento de frailes y negoció la compra de terrenos para ampliar la huerta. Un hermano lego declaró sobre el gusto del Santo por la soledad en aquellos parajes aledaños al convento segoviano, escondido en la hendidura de los riscos, amparado y protegido en su profunda meditación:

Veíale este testigo cómo quería más gozar de Dios en soledad: unas veces se iba a una cuevecica que tenía en los riscos altos de la huerta; otras a una ermita [...] era muy amigo del culto divino, y así en las fiestas bajaba a ayudar a componer los altares e iglesia; regocijábase en verlo todo muy adornado y curioso, y agradecíalo mucho a los sacristanes.

Declaración de Fray Lucas de San José, C.D, Obras de San Juan de la Cruz. Biblioteca Mística Carmelitana t. 14, p. 282. Aún se mantienen en su convento de Segovia estos emblemáticos lugares donde se retiraba el Santo.

A lo largo de su vida ocupó relevantes cargos en la Descalcez, pero, tras la muerte de Santa Teresa, surgieron disensiones internas que originaron duras persecuciones que llegaron hasta el fraile fundador. Así, en el último Capítulo al que asistió, celebrado en Madrid en junio de 1591, salió sin cargo y convertido en diana de indignas acusaciones. En agosto se trasladó al convento de La Peñuela, en Jaén, donde enfermó gravemente a causa de las heridas gangrenadas en un pie. Fue trasladado al convento de Úbeda donde llegó, el 27 de noviembre, para ser atendido. Su estado empeoró vertiginosamente y la madrugada 14 de diciembre de 1591, mientras el reloj de la Colegiata daba las doce campanadas y en el convento tocaban a maitines, murió Fray Juan serenamente, diciendo que iba a cantar maitines al cielo. Tenía cuarenta y nueve años cuando la muerte puso fin a un proceso difamatorio que buscaba su expulsión de la Orden.

En mayo de 1593 sus restos fueron trasladados al convento de Segovia y parece ser que a este traslado aludió Cervantes en El Quijote cuando refiere las aventuras del “cuerpo de un santo (Quijote, parte I, cap. 19.). En 1630, Fray Jerónimo de San José publicó la primera edición de las Obras Completas de San Juan de la Cruz. Fue beatificado el 22 de enero de 1675 por Clemente X, y canonizado el 27 de diciembre de 1726 por Benedicto XIII. En 1926, en el segundo centenario de su canonización, el papa Pío XI reconoció la gran altura de su magisterio espiritual declarándole Doctor de la Iglesia, para cuyo nombramiento tuvo que superar, curiosamente, ciertas reticencias a causa de su condición de poeta. Con este motivo se trasladaron sus restos al mausoleo actual, obra del orfebre Félix Granda.

Sepulcro de San  Juan

Sepulcro de San Juan de la Cruz, PP. Carmelitas de Segovia.

El papa Juan Pablo II -que valoró ser fraile carmelita y admiraba profundamente a San Juan de la Cruz  al que, en 1948, dedicó su tesis doctoral La fe según San Juan de la Cruz- en 1982, con ocasión de su visita a España por el IV centenario de la muerte de Santa Teresa, visitó el sepulcro de San Juan de la Cruz en Segovia y dijo emocionado: “Doy gracias a la Providencia que me ha concedido venir a venerar las reliquias y a evocar la figura y la doctrina de San Juan de la Cruz, a quien tanto debo en mi formación espiritual. Aprendía a conocerlo en mi juventud y pude entrar en diálogo íntimo con este maestro de la fe, con su lenguaje y pensamiento, hasta culminar con la elaboración de mi tesis doctoral...Desde entonces he encontrado en él un amigo y maestro, que me ha indicado la luz que brilla en la oscuridad para caminar siempre hacia Dios”.  

Juan Pablo II ante el sepulcro de San Juan de la Cruz, 1982.

Juan Pablo II ante el sepulcro de San Juan de la Cruz, 1982.

A pesar de su escasa producción poética han sido muchos los ilustres poetas y literatos que han elogiado la hondura y exquisitez de los poemas sanjuanistas. Entre ellos cabe destacar a Dámaso Alonso, Jorge Guillén, Gerardo Diego, José María Pemán, Menéndez y Pelayo que escribió “más ardiente de pasión que ninguna poesía profana y tan elegante y exquisita en la forma y tan plástica y figurativa como los más sabrosos frutos del Renacimiento”, y Manuel Machado que lo definió como “el más poeta de los santos todos...y el más santo de todos los poetas”.

Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, desde aquel otoño de 1568 en que se encontraron, caminaron por la vida alcanzando las más altas cumbres de la espiritualidad, cada uno desde su peculiar idiosincrasia: Teresa más terrenal, Juan más divino, lo cual queda patente en los versos de sus poemas de igual título: Vivo sin vivir en mí. Y tras sus muertes siguieron idénticos caminos: los dos fueron proclamados santos, Doctores de la Iglesia, Patrones literarios: él de poetas, ella de escritores. Los dos dieron vida al sueño que soñaron, los dos sufrieron por ello y los dos permanecen vivos en la memoria universal quinientos años después de su paso por la vida. Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, fueron, como Francisco y Clara de Asís, dos vidas en pos de un mismo ideal.

Ana de San Bartolomé (1549-1626)

Era pastora en su pueblo natal, Almendral de la Cañada (Toledo), donde nació el 1 de octubre de 1549. Era la pequeña de seis hermanos y quedó huérfana a muy pronto En su juventud tuvo un sueño revelador del Carmelo Descalzo y luchó con todas sus fuerzas para ingresar en el primer Carmelo teresiano y dedicar su vida enteramente a su vocación religiosa. Cuando sus hermanos se enteraron que quería ser carmelita descalza la criticaron duramente por querer seguir los pasos de la controvertida monja de Ávila, de cuyas andanzas fundacionales hablaba con desdén toda Castilla, en vez de ingresar en una Orden de reconocido prestigio:

Otras veces me persuadían con muchas razones, diciéndome que, ya que quería ser monja, por qué no escogía un monasterio honrado y bueno de orden conocida, y no aquel de Carmelitas Descalzas que había poco había fundado una loca, Teresa de Jesús, y había habido grandes revueltas sobre aquella fundación.

Julián Urkiza, Obras Completas de la Beata Ana de San Bartolomé, Diálogo segundo, Burgos, Ed. Monte Carmelo, 1999, p. 286.

Carmelo de San José de Ávila.

Carmelo de San José de Ávila.

Y más aún se soliviantaron  cuando manifestó su deseo de ingresar en el Carmelo como simple hermana lega, de velo blanco o freila, es decir, para realizar tareas de servicio a la comunidad sin voto ni posibilidad de ocupar cargos de responsabilidad, en contraposición con las llamadas monjas de velo negro o de coro. Ella fue la primera hermana lega que, en 1570, acogió Santa Teresa en su primera fundación, el convento de San José de Ávila.

Ana de San Bartolomé, MM. Carmelitas de Zaragoza.

Ana de San Bartolomé, MM. Carmelitas de Zaragoza.

En la Navidad de 1577, Santa Teresa rodó por una de las escaleras del convento de San José de Ávila –que desde entonces se llama escalera del diablo- rompiéndose el brazo izquierdo, lo que la dejó imposibilitada para valerse por sí misma y Ana de San Bartolomé, se convirtió en su sombra. Fue su enfermera, su secretaria, su confidente, las manos que la cuidaban con amor filial cuando el cansancio y la fatiga de los continuos viajes hacían mella en su cuerpo agotado. Durante los cinco últimos años de la vida de Santa Teresa la acompañó en las visitas a sus numerosos conventos y en la fundación de sus cuatro últimos Carmelos: Villanueva de la Jara, Soria, Palencia y Burgos. A ello hizo alusión la Santa en el Libro de las Fundaciones:

Íbamos conmigo cinco monjas y una compañera que ha días que andaba conmigo, freila; más tan gran sierva de Dios y discreta, que me puede ayudar más que otras que son de coro.

Fundaciones 29,10.

Ana de San Bartolomé, al igual que Santa Teresa, escribió el relato de su vida por mandato de sus confesores que consideraban su testimonio de gran valor espiritual e histórico. En esos escritos autobiográficos ha quedado fiel constancia de la entrañable unión que existió entre estas dos mujeres y de las muchas vicisitudes que compartieron en los viajes fundacionales:

Y así fue, que como la Santa en los cinco y seis años postreros de su vida anduviese ya tan falta de salud y con un brazo roto – que ni se podía vestir ni tocar, mas podía con el otro escribir algunas cartas porque tenía sano el derecho-, así que traía esta hermana el peso de los trabajos de la Santa en los caminos y fundaciones, que en este tiempo se hicieron cuatro de nuevo, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria y Burgos, y todos los hechos visitaba la    Santa en compañía de esta hermana, que eran distantes unos de otros, que había hartas leguas y tierras que andar y se pasaban los meses enteros.

Obras Completas, Autobiografía de Bolonia 6, 1, p, 503.

La Beata, que fue testigo directo de las alegrías y las penas que iluminaron y ensombrecieron el último tramo de la vida de la Santa, aseguró que sus muchos padecimientos, de todo tipo, apenas los consignó Santa Teresa en sus famosos libros:

Si yo hubiera de decir los trabajos que padeció los años que anduve con ella, no acabaría, que no es nada lo que se cuenta en sus libros, y lo que pasó en Burgos, que fue la postrera fundación que hizo, no es nada lo que se cuenta; a  las veces de pobreza, que nos faltaba la comida y las cosas necesarias.

Idem, Autobiografía de Amberes 6, 8.

Un día, en el Carmelo de Salamanca,  Santa Teresa estaba cansada de contestar tanta correspondencia y también pidió ayuda a Ana para desempeñar ese menester. Ha quedado constancia de que, a veces, era el propio médico quien aconsejaba a Santa Teresa no escribiese tanto ni hasta tan tarde o que delegara en otra monja:

 Aquel día fueron tantas las cartas y negocios, que estuve escribiendo hasta las     dos, e hízome harto daño a la cabeza, que creo ha de ser para provecho; porque me ha mandado el doctor que no escriba jamás sino hasta las doce, y algunas veces no de mi letra.

Carta a D. Lorenzo de Cepeda. Toledo, 10 de febrero de 1577, 1.

Ana de San Bartolomé dejó constancia de cómo se convirtió en su secretaria:

Hallándose la santa madre Teresa de Jesús fatigada por tener muchas cartas que responder, le dijo a esta declarante: “Si tú supieras escribir, ayudárasme a   responder estas cartas”. Y ella le dijo: “Deme Vuessa reverencia una materia    por donde deprenda”. Díola una carta de buena letra de una religiosa descalza, y díjola que de allí aprendiese. Y esta testigo la replicó que la parecía   a ella que mejor sacaría de su letra, y que a imitación de su letra escribiría. Y la santa Madre luego escribió dos renglones de su mano y dióselos; y a imitación de ellos escribió una carta esta testigo aquella tarde a las hermanas de San José   de Ávila. Y desde aquel día las escribió y ayudó a responder a las cartas que la Madre recibía, sin haber, como dicho tiene, tenido maestro ni aprendido a escribir de persona alguna y sin leer más de un poco de romance, y con dificultad conocía las letras de las cartas; por donde conoce ser obra de Nuestro Señor para que ayudase a la Madre en los trabajos y cuidados que por su amor pasaba con tanta alegría y regocijo.

Obras Completas, Declaración del 19  de octubre de 1595, pp.100-101.

En este papel de secretaria loa Santa Teresa a la Beata un año antes de morir: Ana de San Bartolomé no cesa de escribir; harto me ayuda.

Carta al padre Gracián. Ávila, 4 de diciembre de 1581, 6.

Grabado Ana de San Bartolomé secretaria de Santa Teresa

Grabado Ana de San Bartolomé secretaria de Santa Teresa

Los escritos autobiográficos de la Beata constituyen un valioso legado histórico por la fiel constancia de muchos acontecimientos relevantes del inicio del Carmelo Descalzo, especialmente, de los últimos momentos de la vida de Santa Teresa. Ana de San Bartolomé refiere el Vía Crucis personal que esperaba a la Santa finalizada la fundación de Burgos en los Carmelos de Valladolid y Medina del Campo, las dos paradas programadas en su viaje de regreso a San José de Ávila:

Pues volviendo a los trabajos que la Santa padeció por los caminos [...] de este camino vino a Valladolid, de donde se le ofreció otro sobre el testamento de un hermano suyo [...] La priora de este monasterio estaba bien ganada de esta gente; y con ser una que la Santa quería mucho, en esta ocasión no la tuvo ella    respeto, y nos dijo que nos fuésemos con Dios de su casa. Y al salir de ella, me arrempujó a la puerta y me dijo: “Váyanse ya y no vengan más acá”, cosa que la Santa sintió mucho por ser de sus hijas, parecerle que le debía tener más respeto que los seglares y que le tenía más a los seglares que a ella.

Al llegar a Medina del Campo otro disgusto la estaban esperando, como si su Esposo quisiera cortar sus afectos terrenales antes de salir a su encuentro:

De ahí a Medina del Campo que era camino para ir a su monasterio de Ávila, de donde era priora. Y la noche que llagamos a Medina, tuvo alguna cosa que advertir a la priora que no iba bien; tomó la priora con disgusto. Y la Santa, de ver que se le descomponían así sus hijas el demonio, habiéndole sido tan obedientes, le dio muy gran pena, y se retiró a un aposento y la priora a otro. Y la Santa estaba de esta novedad tan afligida, que no comió ni durmió sueño en toda la noche.

Además allí recibió una noticia que, con gran contrariedad, cambió el rumbo de sus pasos: tenía que ir a Alba de Tormes donde la reclamaba la Duquesa de Alba para estar presente en el nacimiento de su nieto. Ana de San Bartolomé describe la impotencia que sentía ella al ver el gran desfallecimiento con que la Santa enfrentaba el viaje:

Y a la mañana nos partimos sin llevar ninguna cosa para el camino, y la Santa iba ya mala del mal de la muerte; y todo este día por el camino no pude hallar ninguna cosa para darla de comer, y ella se halló con gran flaqueza y díjome: “Hija, déme si tiene algo, que me desmayo”; y no tenía sino unos higos secos, y ella estaba con calentura. Yo di cuatro reales, que me buscasen dos huevos, costasen lo que costasen. Yo, cuando vi que por el dinero no se hallaba cosa y que me lo volvían, no podía mirar a la Santa sin llorar, que tenía el rostro medio muerto. La aflicción que yo tuve en este momento no la podré encarecer, que me parecía se me partía el corazón, y no hacía sino llorar de verme en tal aprieto, que la veía morir y no hallase cosa para acudirla. Y ella me dijo con una paciencia de un ángel: “No llores, hija, esto quiere Dios ahora”. Como se acercaba la hora de su dichoso tránsito, de todas maneras la ejercitaba el Señor, mas ella lo llevaba como siempre, como santa. Yo padecía, que era menester que la Santa me consolase, y me decía que no había de qué tener pena, que ella estaba contenta con un higo que había comido.

Después, Ana de San Bartolomé narra el final de la vida de Santa Teresa, de su agonía en el convento de Alba de Tormes los primeros días del mes de octubre de 1582:

Los cinco días que estuvo en Alba antes de morir, yo era más muerta que viva. Y dos días antes de que muriese, me dijo estando a solas: “Hija, ya es llegada la hora de mi muerte”. Eso me atravesó más y más el corazón. No me apartaba un momento de ella; pedía a las monjas me trajesen lo que había menester; yo se lo daba, porque en estarme allí la daba consuelo [...] Y el día que murió estuvo desde la mañana sin poder hablar, y a la tarde me dijo el Padre que estaba con ella que me fuese a comer algo.Y en yéndome, no sosegaba la Santa, sino mirando a un cabo y a otro. Y díjola el Padre si me quería y por señas dijo que sí, y llamáronme. Y viniendo, que me vio, se rió; y me mostró tanta gracia y amor, que me tomó con sus manos y puso en mis brazos su cabeza; y allí la tuve abrazada hasta que expiró, estando yo más muerta que la misma Santa.

Obras Completas, Autobiografía de Amberes 6,12-18, pp. 351- 354.

 Hasta tal punto valoró Santa Teresa a su fiel compañera de velo blanco, que aquel histórico anochecer del 4 de octubre de 1582 en el convento de Alba de Tormes, cuando sintió llegar la hora de su muerte, la reclamó junto a sí para alejarse de este mundo entre sus brazos: entrañable gesto de profunda querencia y gratitud.

Doce años después, el 29 de agosto de 1604, Ana de San Bartolomé, con inmenso dolor, abandonó el monasterio de San José de Ávila, mudo testigo de sus más entrañables vivencias con la Santa, para implantar el Carmelo Descalzo en tierras de Francia. Ella fue elegida por sus superiores para, junto con la venerable Ana de Jesús, encabezar la expedición de Carmelitas Descalzas que salieron de Ávila camino de París para, como reliquias vivas de la Santa, difundir la obra teresiana. Fruto de aquella siembra fue la vida y la obra de Santa Teresa de Lisieux.

Nada más llegar a París, Ana de San Bartolomé tuvo que doblegar su voluntad al mandato de los superiores franceses que pronto exigieron de ella un gran sacrificio: la renuncia al velo blanco. Ana de San Bartolomé tuvo que ceder y abandonar su querido velo blanco, a su condición de hermana lega, de freila, para que impusieran sobre su cabeza el velo negro de monja de coro que tantas veces la había querido dar la Santa al final de su vida, y ella nunca había aceptado:

Acordándome que nuestra santa madre Teresa muchas veces en su vida me quiso dar el velo negro, pero como me hacía tanta caridad y me veía con tanta contradicción a ello, no me quiso apretar. Y sentía mucho que, habiendo resistido tanto a la Santa, me había de ver obligada de hacer por los extranjeros lo que no había hecho por darle gusto; y así, me hallaba muy confusa y con gran pena en mi alma y resuelta de no hacerlo de ninguna manera.

Idem, Relación de Gracias 3, 12, p. 577.

Al fin otras manos ajenas le impusieron el velo negro, indispensable para que pudiera ser priora y contribuyese a la expansión de lo que ella más quería en este mundo: la obra de Teresa de Jesús. Durante los siete años que vivió en Francia, Ana de San Bartolomé fundó los Carmelos de Pontoise y de Tours y fue priora del Carmelo de París. Fue un tiempo en que sufrió enormemente por mantenerse fiel al carisma teresiano frente a las constantes injerencias de los superiores franceses que, ajenos a la Orden del Carmen, pretendían  manipularlo. Difícil periodo que ella misma describe, al estilo de San Juan de la Cruz cuyas obras conocía bien, como una “noche oscura”:

Mi alma andaba como en una noche oscura [...] Y estando una vez en mi celda con estas aflicciones, hice estas coplas que no sé cómo me vino a la memoria, que me entretuve con ellas.

Idem, Autobiografía de Amberes 13, 22, p. 402.

A continuación, en ese párrafo de su Autobiografía, la Beata escribe uno de sus más bellos poemas Si ves mi pastor.

Foto por mail Manuscrito del poema Si ves mi pastor, Autobiografía de Amberes, Carmelo de Amberes.

Es un claro ejemplo de cómo ella, al estilo de su santa Madre, componía coplas tanto en momentos de gozo como de honda tribulación.

Finalmente, Ana de San Bartolomé abandonó Francia y se encaminó a Flandes donde, al amparo de la infanta Isabel Clara Eugenia -hija de Felipe II y gobernadora entonces de los Países Bajos- fundó el Carmelo de Amberes del que fue priora hasta su muerte. Allí vivió los años dorados de su vejez. Fueron unos años en los que la Beata, a pesar de su vida de clausura, ejerció una enorme influencia en la sociedad flamenca, ya que fue consejera y amiga de la Infanta y de numerosos soldados y generales de los famosos Tercios de Flandes, que luchaban contra el imparable avance protestante. Por su intercesión se consideraron fallidos dos asedios de los protestantes a Amberes, en 1622 y 1624, cuando la ciudad estaba desprotegida militarmente. Por ello, Ana de San Bartolomé fue declarada en vida Libertadora de Amberes, episodio al que alude gran parte de su iconografía.

Ana de San Bartolomé, Libertadora de Amberes

Ana de San Bartolomé, Libertadora de Amberes

 

Ana de San Bartolomé, Libertadora de Amberes

Ana de San Bartolomé, Libertadora de Amberes

Gozó de gran reconocimiento entre sus contemporáneos y, siguiendo el ejemplo de Santa Teresa, compuso bellísimos poemas para amenizar las recreaciones, festejar las Navidades, celebrar la entrada de nuevas hijas en sus Carmelos y, muy especialmente, como íntimos soliloquios en momentos de gozo o tribulación.

Pandero usado por Ana de San Bartolomé, Carmelo de Amberes.

Pandero usado por Ana de San Bartolomé, Carmelo de Amberes.

También conoció y admiró profundamente a San Juan de la Cruz y memorizaba estrofas del Cántico Espiritual del que escribió varias copias para dar a conocer los maravillosos versos del insigne fraile entre sus carmelitas. Buena prueba de su afición a estos cantares del Santo es que al final de su Autobiografía de Amberes, relatando sus propias tribulaciones, escribe la estrofa 11 del Cántico Espiritual:

Estando tres días otra vez en una oscuridad y apretura de alma que no sabía dónde estaba, y el día de San Mateo de este año de mil y seiscientos y veinticuatro fuíme al coro por la tarde y sentéme allí después de haber adorado el Santísimo Sacramento como yo pude. Y así como por una resquicia entra un rayo de luz en un aposento oscuro, así entró en mi alma una migajita de luz, y entendí que me decían “El Esposo te quiere bien y no es contento de verte padecer”. Con esta pequeña luz, el espíritu se levantó, y salía diciendo este verso que dice la esposa en los Cantares algo disfrazada:

O cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

Esto satisfizo y dio hartura a mi corazón, que tenía como hambre y flaquezas y que nada que veía y se presentaba me satisfacía, ni meditar no podía, como suele, que las meditaciones consuelan.

Idem, Autobiografía de Amberes 17, 38, pp. 431-432.

 Fue en el convento de Amberes, testigo de su vejez, donde Ana de San Bartolomé recibió con inmenso júbilo la feliz noticia de la beatificación de Teresa de Jesús, la mujer que había guiado sus pasos por este mundo y a quien ella siempre consideró santa en vida:

 Ayer recibí una letra de España, que me dicen estaba ya venida la Bula de beatificación de nuestra santa Madre a España [...] Si ya está hecha la beatificación, ya no será peligro llamar la casa por su nombre. Todas estamos gozosas de estas nuevas y con deseos de tener este contento.

Idem, Carta 125. Amberes, 29 de marzo de 1614, p. 1001.

Y fue ella, la pastora de Almendral de la Cañada, la fiel hermana lega convertida en fundadora y priora de Carmelos extranjeros, quien primero dedicó en el mundo un Carmelo a su venerada Madre. Y así el convento de Amberes dedicado desde su fundación a la tan teresiana advocación de San José pasó a llamarse, tras la beatificación celebrada el 24 de abril de 1614, de San José y Santa Teresa.

Dos meses más tarde ya quedaba constancia de ese entrañable gesto en otra de sus cartas que finalizaba: De Amberes, ocho de mayo; de esta casa de nuestra santa madre Teresa de Jesús ( Idem, Carta 126, Amberes, 8 de mayo de 1614, p. 1002.). Con qué júbilo celebrarían ella y sus hijas la canonización de Teresa de Jesús el 12 de marzo de 1622. Ese día también fueron canonizados otros tres españoles: el fundador de la Compañía de Jesús: Ignacio de Loyola, su discípulo: Francisco Javier, el patrono de Madrid, Isidro Labrador, y un italiano, Felipe Neri.

Después de una vida ejemplar, Ana de San Bartolomé, a la que Santa Teresa llamaba cariñosamente Hermana Bartolomé, murió el domingo 7 de junio de 1626, a los setenta y seis años, con la misma fama de santidad en Flandes que tuvo Santa Teresa en Castilla. En su querido convento de Amberes se conservan sus escritos y muchos de sus objetos personales. Sus restos se veneran en el lateral derecho de la Iglesia en una urna que reproduce escenas de su infancia en Almendral de la Cañada, de su encuentro con Santa Teresa y su muerte en sus brazos así como su vida en Amberes.

Urna Ana de San Bartolomé, Iglesia del Carmelo de Amberes.

Urna Ana de San Bartolomé, Iglesia del Carmelo de Amberes.

Muy pronto se inició el Proceso de beatificación y canonización que, a pesar de los numerosos milagros probados, por la situación política que atravesó Flandes hasta que, en 1830, se constituyó el reino católico de Bélgica, se alargó interminablemente en el tiempo. Fue beatificada en plena Primera Guerra Mundial, el 6 de mayo de 1917, por el papa Benedicto XV que, en esos difíciles momentos la invocó como Defensora de la Paz y en el breve citó la frase con que Santa Teresa la había canonizado en vida: Ana, Ana tú eres la santa, yo tengo la fama.

Sus escritos autobiográficos, su denso epistolario y una serie de poemas compuestos en Francia y Amberes constituyen un valioso legado del inicio del Carmelo Descalzo y su expansión en Europa. Un legado que ha permanecido oculto hasta que, en 1985, el gran especialista en su figura, Julián Urkiza OCD publicó las Obras Completas, primero en edición crítica en el Teresianum de Roma, y después en la editorial Monte Carmelo, de Burgos. Desde 2003 la investigación poético musical llevada a cabo por Sonnia L. Rivas-Caballero, ha contribuido de forma decisiva a rescatar del olvido a esta carmelita que vivió a la sombra de Santa Teresa y fue andariega de caminos extranjeros.